lunes, 8 de septiembre de 2008

Radaa =)

Nota extraida de http://www.revistadonjuan.com/articulos/art_falcao.html

El cielo puede ser aterrador, una plancha azul y resbaladiza.

Allí, bajo ese tímpano tensado, el niño cae. Tiene cinco años y cae de cara a cielo, de espaldas a la tierra, y ve cómo esa lápida celeste, ese sitio desde el que siempre le llegaron cosas buenas –las formas de las nubes, Santa Claus– se aleja. (Pero el niño no piensa todas esas cosas: el niño simplemente cae y hace un gesto aterrador: levantala mano, intenta asirse a algo –a esa plancha azul– y no puede: resbala). Después, el ruido: metal contra la tierra, el asiento monstruosamente desprendido y adentro el niño, y la voz de su madre–Juana– gritando el nombre de su cría: Falcao, Falcao, Falcao.

Era 1991 –dirá Juana–, estábamos en Medellín y habíamos ido al parque de diversiones y lo subimos en una ruedita en la que los asienticos tienen forma de huevo, y de la parte más alta de la rueditase desprendió y cayó el huevito donde estaba él. Y no pegó contra el suelo sino contra un peldaño, y el huevito quedó enterrado. Mi niño tenía cinco añitos.

Y aunque nada malo sucedió, ese –así– pudo haber sido el final de Radamel Falcao García Zárate, el Tigre, titular de la Selección Nacional de Fútbol de Colombia, delantero del equipo argentino River Plate y héroe en la Copa Suramericana y autor de un golazo en el super clásico con Boca: enterrado en un huevo de metal en una tierra que no era, siquiera, la tierra que lo había visto nacer.

Son las cinco de la tarde en Bs. As, y el cielo es un velo gris que se derrama sobre todo lo que se ve desde el piso alto de este condominio con vigilancia privada en el que viven Radamel Falcao García, sus dos hermanas –Melanie Grecia, de doce, Michelle Andrea, de diez– y su madre, Juana. En este living abrazado por ventanales que se abren a un balcón no hay ruidos. Apenas un run run de ninfas jóvenes, burbujas de unas risas que no se dejan ver. La sala es enorme y tiene pocas cosas: un sofá, dos sillones, una mesa baja con una carpeta tejida: uno de esos objetos que ponen las madres o las tías y que bastan para entender que este no es el departamento de un hombre soltero. Que acá hay mujer: mujer mayor.

–Llámame Falcao. Si me dices Radamel, no sé quién soy. Falcao sonríe –siempre sonríe– y parece –siempre parece– alguien pulcro y agotado que fluctúa entre el esfuerzo sobrehumano y el relax exquisito. Hundido en el sofá habla con un hilo de voz: una voz agobiada que se obliga a –y se cansa de– repetir lo mismo; de interpretar, aunque nadie se lo pida, el número del buen deportista ante el grabador: enumerar sus logros, sus triunfos, su carrera. Decir esas palabras que nunca –nunca– dicen nada.

–Del ‘97 al 2000 jugué en Bogotá, en Fair Play. Parte de 2000 lo pasé entre Fair Play y Millonarios. En 2001 entré en la selección colombiana y ese mismo año pasé a River. En 2005 jugué el Sudamericano sub-veinte. En 2005 jugué el Mundial sub-veinte. El 6 de marzo de 2005 debuté en Ríver. Y el 8 de febrero de 2007 debuté en la Selección mayor.

Pero lo que importa, claro, es otra cosa –Yo perdí mucho por el fútbol. Mi infancia, mi adolescencia. Pero siempre tuve la convicción.

Falcao, hijo de Radamel García, colombiano y jugador de fútbol, y de Carmenza, una mujer a la que todos llaman Juana, nació en Santa Marta y vivió hasta los tres años en esa ciudad que no vio, que casi no recuerda.

–Mi papá era jugador de fútbol, así que teníamos una vida de nómadas. A mis tres o cuatro años nos fuimos a Venezuela. San Cristóbal, Puerto Ordaz, Mérida. Allí no se practica mucho el fútbol, entonces practiqué fútbol y béisbol. A veces me cansaba y no quería ir a entrenar, y decía “Ay, no, me quedo en la casa hoy”. Y tomaba la merienda viendo los dibujitos animados y disfrutando de la niñez. Pero si hacía eso, mi papá se enojaba.

–Mi marido le enseñó la disciplina desde chiquitico –dirá Juana– Pero era agotador, porque él daba las órdenes y la que las ejecutaba era yo. La mayor parte del proceso de iniciación de Falcao en el fútbol no fue en Colombia, sino en Venezuela, y allí permanecimos solos mientras mi marido viajaba por su trabajo. Me tocaba llevarlo a una práctica de béisbol, y luego correr a una práctica de fútbol. Falcao tuvo muchas privaciones de niño porque tenía la responsabilidad del entrenamiento. Y eso entristece. Cuando él era pequeñito jugábamos dominó, leíamos la Biblia, veíamos El Zorro en la televisión. Éramos muy amigos, siempre solitos. Él me colaboró mucho cuando nacieron sus hermanitas. Lavaba los platos, sabía cómo arreglar una casa, cambiaba a las niñas, las bañaba.No descansaba, pero el fin de semana era el partido, y hacía cuatro, cinco goles, y ahí se veía la recompensa. Pero a veces le exigían mucho, y mi niño era un niño. Una vez estaban en Puerto Ordaz, disputando una final, y perdieron. Y el papá lo regañó en el intermedio, porque no hacía goles. Y él se puso a llorar y yo le dije a mi esposo “Nunca en la vida te metas a decirle algo a mi hijo, deja que juegue como él quiera”. Y lloró mi niño, y yo lo consentía, y le decía “Papito, no todas son de ganar”.

En 1996 Radamel, el padre, decidió regresar a Colombia. Y fue allí, en Bogotá, donde la carrera de Falcao, el hijo, empezó a ser eso que es: una carrera.

En bogotá la familia empezó a asistir a la casa sobre la roca: una iglesia que tiene un colegio que tiene un equipo de fútbol que es entrenado por un pastor argentino de nombre Silvano Espíndola.

–Él vio mis cualidades, y me puso en el equipo de fútbol suyo que se llamaba Fair Play. Y pasé los cuatro años más lindos de mi vida. Los cuatro años más lindos de su vida fueron así: despertarse a las cinco, entrar al colegio a las 7.30 a.m., salir a las 3 p.m., viajar una hora hasta el lugar de entrenamiento, estar allí hasta las ocho, regresar a casa.

–Llegaba a las ocho y media, tenía dos horas para estudiar y comer, pero me gustaba. Eran años difíciles: mi padre no tenía trabajo, y pasamos penurias. Yo tenía un solo par de zapatillas, un solo par de botines, y si quería invitar a una novia había que luchar para poder pagar una salida. Pero tuve amigos, pude crecer con ellos, y eso fue muy bueno. Claro que mi padre me había inculcado desde pequeño que tenía que venir a jugar a la Argentina. Así que yo estaba entrenando en la selección sub-17, y con la Primera de Millonarios, pero en 2001 Silvano, mi entrenador, me dijo “Mira, te quierenen Ríver”. Y ahí dije “Bueno, me voy”. Sabía que era la oportunidad de mi vida.

–Fue horroroso cuando me lo mandaron a la Argentina –dirá Juana– Yo me opuse a que viniera solo, pero no me hicieron caso. Mis hijitas se tiraban al suelo a llorar cuando su hermanito se iba. Soltarlo fue terrible. Aunque él anhelaba esto, él sabía que tenía que pagar un precio por el sueño. Y lo pagó. Lo pagó.

Cuando llegó a River, en 2001, Falcao tenía 16 años, era un adolescente tímido y disciplinado y nadie, ni su padre, le había enseñado a lidiar con lo que se le vino encima: soledad a chorros.
El Club Atlético River Plate alberga a jugadores menores de edad en una pensión donde hay que compartir cuartos, baños, televisores, usos y costumbres con ochenta personas. A Falcao, habituado a la soledad de su madre y sus hermanas, no le fue bien.

–Los cuartos eran de tres, había un televisor para ochenta personas, horarios para desayunar, almorzar, merendar y comer, tenía que estar antes de las ocho de la noche adentro y a las doce irme a dormir. El fin de semana mis compañeros se iban a las casas de sus padres y yo me quedaba en la pensión, y lloraba. Me desesperaba. Quería mi libertad. Mi familia me llamaba todos los dias, pero yo con ellos me hacía el fuerte, no quería preocuparlos. Sabía que mi destino era este. Durante un año y medio envié todo mi sueldo a la familia. Recién a los dos años empecé a comprarme alguna ropa de marca, a darme algún gusto.

Mientras jugaba el Sudamericano Sub 17, el sudamericano Sub 20 y el Mundial de esa categoría de Holanda 2005, en Buenos Aires era alguien que busca: alguien que espera su oportunidad.

–Hasta que un día estaba durmiendo la siesta en casa de un amigo y me despierta la empleada diciendo que me necesitaban urgente en Ríver, que esa noche tenía que ir a concentrarme con el plantel de Primera. Me miré los pies: todos ampollados. Había entrenado con unos botines nuevos, de cuero muy fuerte, y estaba muerto de dolor, y pensé “Pero si yo no puedo ni caminar”. Pero no me importó: entrené, y el domingo jugué. Era el 6 de marzo de 2005, un partido contra Instituto.

Fueron cuatro minutos, cada uno de ellos en el cielo. Volvió a jugar veinticuatro más contra Racing, tres contra Arsenal, setenta contra Gimnasia. Y el 2 de octubre, en la novena jornada del torneo Apertura, Reinaldo “Mostaza” Merlo, el técnico de entonces, le dio empujón final: lo coronó titular en un partido contra Independiente.

River venía muy mal en el torneo. Mostaza Merlo me concentró, y en la mañana del domingo me dice “Si yo te llevo al banco y te meto veinte minutos, ¿vos te asustás?”. “Si tuviera miedo no estaría acá; estuve esperando toda mi vida por esto”, le dije. Y me dijo “Bueno, no vas a ir al banco, vas a estar de titular. Pero no le digás ni a tus compañeros, ni a los medios de comunicación”. Así que no dije nada. Esa tarde salió el equipo a la cancha y salí yo y todo elmundo decía “¿Y este quién es?”.

Ese día Falcao hizo dos goles de los tres con los que River ganó el partido. Los diarios hablaron de esa aparición inesperada con elogios y con fe. El periódico deportivo Olé dijo que “además de sus toques, de un delicioso caño a Fernando Cáceres y de un sombrero a Eduardo Domínguez, en su quinto partido en Primera Division metió dos golpes vitales” e incluyó una columna titulada “Bienvenido”: “Con sus dos nombres (Radamel Falcao) y sus dos apellidos (García Zárate), la carta brava que apostó Merlo gambeteó a todos: a sus propios nervios –fue el segundo compromiso como titular–, a la impaciencia popular y a cualquier jugador de Independiente que se le pusiera adelante. Abrió su galera y sacó un poco de todo: habilidad, técnica, velocidad, osadía, guapeza, definición”. –Hice en siete partidos siete goles. Creo que sorprendí a todos, porque yo era muy chico, nadie sabía quién era y me subestimaban un poco. Venía de cuatro años solo, de luchar, de ver a mi familia una o dos veces por año, de perderme muchas cosas de mi adolescencia, de sacrificarla por un sueño. Así que un día llamé a mi mamá y le dije que viniera con las niñas.

–Me vine feliz a estar con Falcaíto –dirá Juana– Es que yo sé cómo se debe manejar un futbolista, los cuidados que tiene que tener. Mi marido siempre me decía “Lávale los pies a tu hijo con agua con aceite, y se los cepillas” y hasta el día de hoy lo hago. Mi marido me dice qué le debo dar de alimentacion. Que lo cuide, que no lo deje trasnochar. Y cuando no está aquí, llama y pregunta a qué hora se acostó, a qué hora se levantó, y les dice a las niñas que deben cuidarle el sueño a su hermanito. Acá la siesta es un silencio total y los pies son fundamentales.
Cuando yo llegué de Colombia él tenía los piecietos llenos de grietas, destrozados, llenos de rajaduras. Y yo lo recuperé y lo mandé con sus pies bonitos, sus uñas bien cortas, humectados, porque donde están secos se empiezan a rajar.

Pero poco después de aquellos triunfos una distensión en los ligamentos de la rodilla izquierda lo dejó fuera de los partidos finales. Y, apenas después, en enero de 2006, se rompió el ligamento cruzado, los meniscos de la rodilla derecha, y estuvo diez meses sin jugar.

–Fue duro, pero hay que esperar y confiar. Cuando hace tiempo que no juego y entro a la cancha siempre me detengo un segundo, y digo “Gracias, Señor”.

–Cuando no puedes hacer un gol te sientes triste, pero lo sigues intentando. Porque no hay nada como estar en la cancha. Cuando estás en el vestuario y escuchas que la gente está empezando a gritar, a saltar, y nosotros estamos abajo y se mueven las paredes, la sensación es que eres como un toro que va a salir al ruedo. Y cuando uno sale por el túnel y ve el estadio repleto de gente, eso no se compara con nada.

Y mientras él se alza en la arena y lanza su mejor bramido, allá en su casa Juana reza. Reza y espera. –Antes de cada partido lo encomiendo al Señor. Así vamos seguros.

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